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Información General
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  • Imparten Sujey Alemán y Eduardo Grecco
  • 2 de Agosto de 2022
  • 5pm CDMX
Donde reina el amor no existe el afán de tener poder; y donde el afán por el poder tiene primacía, falta el amor. El uno no es más que la sombra del otro.
carl-g-jung
Carl G. Jung

¿Por Qué Destruyo lo que Amo?

Con Sujey Alemán y Eduardo Grecco

Los padeceres afectivos son formas fallidas de vínculos. Mas concretamente, formas fallidas de amor. Intentos de amar por senderos equivocados. Repeticiones que ya recorrieron los ancestros.


Dentro de este territorio las personas atrapadas en una memoria que la clínica denomina bipolar, poseen una gran propensión a destruir, con sus conductas, todo lo que construyen, sean vínculos afectivos, desarrollos profesionales o laborales, y en especial, si esto es algo amado.


Es frecuente encontrar, en los relatos de sus historias, un crudo reconocimiento de que sus actitudes y obras fueron las causantes de sus pérdidas. Que, muchas veces, podían visualizar con anticipación el resultado final desastroso de sus actos, pero que, aun así, no podían detener la impulsión coercitiva que los avasallaba. Es que, en las profundidades de sus almas, se descubre un inconsciente y apremiante sentimiento autodestructivo que los sojuzga y que está enlazado con la herida de contacto, en la falta de autoestima y valoración que cargan como una cruz. Es como si sus conductas expresaran: “Nada bueno puedo tener, porque de nada soy merecedor”. Esto conlleva, sufrimiento, soledad y penurias, que llenan su corazón con una vivencia dolorosa e irreparable.


Pero destruir lo que se ama es un modo de afirmar la creencia del disvalor de su ser. Una afirmación por el absurdo camino de la caída incesante hacia el abismo de la soledad. ¿Por qué destruyo lo que amo? Porque es mi única certeza, porque no soporto ser amado, porque me da miedo el amor. Un patrón que, por general, expresa una memoria ancestral que se activa en el hoy, donde excluidos, abusos y expiaciones no están ausentes.


Los neurotransmisores son circuitos de información que cincelan nuestra conducta, y si bien nada depende exclusivamente de ellos, son, sin embargo, como válvulas selectivas de impulsos y mensajes que participan activamente en la forma como sentimos e imaginamos las cosas que suceden. Así, por ejemplo, la serotonina —crecida en la experiencia amorosa, mermada ante la incapacidad para sofocar el miedo— puede traducirse, emocionalmente, en todo lo que no es amor es temor, es miedo. Y la manera de eliminar este miedo que tiene el bipolar es destruyendo lo que ama, porque lo que ama está siempre en entredicho, en una viable senda al desamor, al abandono.


Uno puede sustentar, entonces, que todo es culpa de un patrón de funcionamiento de la serotonina establecido en la vida gestativa (desde la concepción hasta los nueve meses luego del parto).

Que el caos en que la vida de un bipolar se ha convertido es una cuestión biológica. ¿Cuál es la ganancia de esta explicación? Ninguna, sólo evadir lo que puedo hacer para enfrentar estas condiciones, sólo anclarse en la desesperanza de lo que no se puede modificar y contra lo que, ni siquiera, se puede luchar.

Porque los psicofármacos sólo anestesian ese dolor, nunca lo erradican y, a veces, nos hacen olvidar la fuerza interior que cada quien posee como su auténtica fuerza creativa.


De modo tal, que cuando un paciente se pregunta y le pregunta a un terapeuta: “¿Por qué destruyo lo que amo? ¿Por qué arruino lo que toco?”, no vale tomar el atajo de la disquisición biológica o psicológica —que para el caso es igual— como respuesta, sino que lo que corresponde es apelar a otra estrategia: la vincular.


Existir es coexistir, y las relaciones son el espacio donde se teje nuestro destino, nuestra vida, nuestra evolución y nuestra salud o enfermedad. De modo que las relaciones no son un accidente en nuestras biografías, sino la sal esencial de ellas, allí donde se produce el proceso de evolución. Pues bien, ¿qué les parece si consideramos a la inestabilidad afectiva como un intento el romper con este compromiso existencial de estar en relación, como un replegarse dentro de uno mismo aislándonos del mundo? Todo esto trae como consecuencia, entonces, que la persona hundida en este padecer no pueda crecer, aprender, interactuar y nutrirse de la experiencia compartida. Así, la vida se vuelve inútil y los talentos individuales quedan impedidos de expandirse. El anhelo ha ganado la partida.


La persona afectivamente inestable es alguien que rehuye su tarea en la vida: coexistir. Ha transformado su existencia en un modo de ser fallido. Es por esto que la verdadera cura no pasa por el aislamiento, que no hace otra cosa que hacerle el juego a su síntoma, sino en buscar la manera en que la persona afectada pueda seguir estando en el mundo de las relaciones.
Al respecto, Nietzsche confiesa: “Todo se puede adquirir en la soledad, excepto la cordura”. Y en otro momento: “… existe, desgraciadamente, la soledad que tiene una falta total de compensaciones, la soledad debida al fracaso del individuo para alcanzar un entendimiento común con el mundo. Ésta es la soledad más amarga de todas, la que corroe el corazón de mi existencia”.

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  • Muy interesante Posted 13 horas ago

    Realmente es un excelente tema y voy hacer todo lo. Posible por tomar el taller si me interesa,

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